sábado, 26 de febrero de 2011

Hoy es dolor.

Lo sabes. Que piensa que hoy estás más extraña de lo normal, más alegre, o más cínica. Hay ojos que la mente humana tiene la capacidad de leer. No importa si más claros o más oscuros, de cejas tupidas o pestañas largas. Fijas tu vista en estos, los conozcas de toda la vida o de hace dos horas y lentamente, en tu cabeza, montas un puzzle de piezas pequeñas que encajan a la perfección. Mira que lo sabes. Es una historia sencilla, o difícil de vez en cuando. Te dice cosas sobre su corazón o simplemente efímeros pensamientos que corretean por su cerebro. Relatos del pasado, sufrimiento y no cura, desdicha, lujuria, desdén. No puedo numerarlos ni ordenarlos, pero son muchos más de los que pudiera nombrar en el tiempo que transcurre entre un rayo y un trueno. Empieza a llover siempre que pienso en ello. Y lo que viene después de todo eso, después de esa estremecedora conexión entre tus ojos y los de otra persona, te das cuenta de que él también lo sabe.

 
Fotografía 1: Bruno Abarca
Fotografía 2: Giovanni Marrozzini (XI Premio Internacional de Fotografía Humanitaria)

lunes, 14 de febrero de 2011

Los ojos bien abiertos.

Paso libre a los extraños, adiós a los viejos. La esperanza ya no existe y el miedo es para los raros.


Ahora debo disculparme por sentir y disfrutar los momentos más pequeños y rechazar los que me acercan a la grandeza. Lo que tú no sabes es que yo necesito un mapa en tu gran mundo, y perdería demasiado tiempo buscando algo que me llevará al fracaso. No tengo pruebas, no hay testigos. Solo estoy yo y mi traicionero subconsciente. No pienses que no me he planteado hacer la maleta y volar contigo: también tengo puntos débiles y ganas de saber quién y cómo soy. Pero mirándote a los ojos puedo ver que esas preguntas no las responderé con tu manera de vivir.
Seré una más entre un millón y nadie me conocerá por mis logros, pero seguiré pintando con pastel mis propias alas.


No voy a darte las gracias.

martes, 1 de febrero de 2011

Fight.

Me empeñaba en defender lo indefendible. A simple vista se veía que no era igual a mí. Tenía todas las cualidades básicas para ser otro ser humano adicto a la intolerancia, pero yo lo seguía viendo brillante. Era como el viento en contra: cuando te arrastra en su dirección tú no puedes hacer más que intentar luchar contra él. Luchaba cada día contra él. Me mostraba despiadada y fuerte. Lo que me sorprendía es que los demás dijeran que él siempre se dejaba ganar. Mis guantes de boxeo jamás se mancharon de sangre, lo juro, pero era muy duro. El ring era pequeño y la sala asfixiante. Cuanto más me movía, más pequeña me sentía. La pelea comenzaba y mi mirada se tornaba agria, pero no podía evitar que el miedo asomara de vez en cuando. Antes de dejarte caer rendido y escuchar la ovación que se desataba en el ring, veía unos ojos sabios y enamorados. No me daba cuenta de que no eran los tuyos, sino los míos, reflejados como un limpio espejo, en los tuyos.