Y luego esta la típica pregunta estúpida en cada relación: ¿Qué es lo que más te gusta de él?
¿Lo que más?
Él. Simple y llanamente. Él y todo lo que conllevan esas dos letras. Un millar de agujas tejiendo un sueño tras otro, cada noche en su cabeza, en lugares extraños, lugares conocidos, desconocidos, utópicos. La preocupación cargando sus hombros, la alegría asomando en su boca, el placer consumiendo su cordura, sus callosas manos acogiendo gentilmente las mías, los bostezos, la testarudez, el coraje. A veces incluso la lentitud de sus pasos, el rencor en sus palabras, los incurables celos, y los rudos besos que no puede controlar.
Pero el imborrable instante que guardo siempre en mi mente es aquel en el que me dice que me ama. El instante en el que se desbordan sus emociones y puedo leerlo igual que a un libro, línea a línea. Página tras página.
Y que ataquen mi alma si un día miento sobre la historia de sus ojos, que me hieran a mi, y dejen intacto al corazón puro que descansa en su pecho, gritándome por no ser calmado, latiendo fuerte al ser tan salvaje, diciéndome “Todo me gusta de ti” con total seguridad.
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