Me pase un par de horas mirando por la ventana con jazz de fondo. Rigurosamente pensando, concluí que lo que él representaba, resultaba completamente perturbador. No sabía describirlo. Si. Si sabía. Intenso. Era tan intenso, tan masivo, que me entraban aquellas extrañas ganas de gritar cada vez que lo veía. No había un resquicio de su forma de pensar, sentir o actuar que no tuviera un transfondo sin respuesta, escueta o sin final, sencilla o sangrante. Lo mas divertido de todo era que yo no dejaba de intentar escanearlo, encontrarle un sentido, cogerle de la mano y creerme que de verdad sabia por donde iban los tiros. Y aun así no decaían mis ansias, mis ganas de vivirlo, compartirlo, arroparlo. Mi subconsciente me decía que debía protegerlo, que era solo un niño ignorante burlándose del momento que la vida le daba a respirar, cuando en realidad era un hombre indescifrable que ponía todo su espíritu en cada respiro, en cada paso, cada mirada, e incluso cada beso.
Pero era tan complejo y frustrante que cada noche me creía más incapaz de permanecer a su lado. La parte mala es que, después de las dos horas de jazz, siempre llegaba a la misma conclusión: intenso. Lo que pasa es que es intenso.

No hay comentarios:
Publicar un comentario