Tenía la insinuante mirada del diablo frente a la mía. Le reclamé mi parte del trato diciéndole "puedes llevarme al infierno siempre que me dejar conservar mi libertad". Pero fui una estúpida: era en el cielo, dónde yo únicamente podría ser libre.
Entonces me engatusó a su antojo y se llevó mi alma a un lugar en llamas que bien habría podido pasar por el interior de un volcán en erupción. Caminara por donde caminara, ardía mi cuerpo transparente, inerte, inútil, ido. Antes de elegir el infierno yo no sabía que este era la perdición. ¿Podría rectificar tal cosa?
Gracias a Dios (y nunca mejor dicho), si podía. No estaba muerta. Ni siquiera estaba al filo del deceso.
Yo solamente estaba enamorada de la persona equivocada.
No fue hasta que solté su mano y entre en el azul y blanco del cielo y las nubes, cuando un rayo de luz me dio la esperanza de un dulce, nuevo, limpio pero sobretodo, mejor, porvenir.
