Aguanté el tiro. Y la herida me sangraba, pero yo no la curaba, no la limpiaba. Pero escocía. Y decidí taparla para que nadie la viera. Fue algo completamente inútil, ya que con el tiempo, mi ropa se manchó de rojo y todos pudieron regocijarse todavía más. Y yo, que creía que ya no tenía sentimientos, sentí una gran punzada y el dolor infinito de un beso que se alejaba. Yo pude ver como él se estaba marchando, y yo caía rendido entre la multitud. Pero al menos me quedaban unas cuantas melodías para desafiar el tiempo.