
Hoy me ha sonado el despertador demasiado pronto. Lo he apagado y he dormido una hora más, porque he querido. Porque me ha dado la gana. Hoy no he cogido el metro para ir al instituto. Apesta. He cogido la bicicleta y, sin prisas, he emprendido el camino con una suspicaz sonrisa y una tostada en la boca. El camino… el camino ni siquiera lo sabía. Cuando piensas en el final el recorrido se hace demasiado largo. La mochila no pesaba y los pedales andaban solos. Hoy he respirado aire fresco. Sabía bien. Estaba limpio. Era de mi ciudad. Y después he frenado de golpe, he cogido el móvil y me he hecho una foto. ¿Y qué, que estuviera sola? Lo sonrisa verdadera es lo que cuenta. Hoy no me ha importado mirar atrás. No he tenido miedo. La carretera estaba sola, y los coches, o las pequeñas manchas de colores oscuros cada vez eran más pequeñas. Hoy he mirado atrás y he visto mis errores cometidos. Pero para qué arrepentirse, si la vida tan pronto te da sonrisas como lágrimas. Ya no me importan las horas en silencio frente a frente con el recuerdo, ni el tiempo que malgasté sin poder remediarlo. Porque ahora se que valieron la pena. Ya no pierdo el tiempo. Las estaciones pasan rápido si no miras hacia el frente. No hay porque vivir de rentas si el color del cielo es tan azul. Hoy realmente me he dado cuenta de lo que significa avanzar. Y, créeme, no he logrado llegar al instituto. Pero ahora resurjo… y si no sabes apreciar la vida, no te la mereces.
Pase lo que pase, caigan rayos o tormenta, finjas, camines hacia una dirección diferente, te moje la lluvia, te agobie el mundo, te acongoje la soledad. Pase lo que pase, no dejes de buscarle un sentido a cada uno de los segundos de tu vida.
Para Fandestéphane, porque se que me espera “pacientemente”.
¡Y mi guitarra no la toca nadie eh!